Cuando los amigos se van...


Por: Alexandra Cardona Restrepo */ Especial para El Espectador

La noticia nos estremeció frente al televisor el pasado 16 de junio: muere pareja de colombianos y su hijo menor en incendio en Nueva York.

Pese a no conocer a la familia, era inevitable sobrecogerse con el amargo final de la aventura, tantas veces recreada en el cine y la literatura, de los emigrantes tras el sueño americano. Según decían los medios, luego de muchos sacrificios, hacía pocos días el matrimonio con dos de sus hijos se había instalado en un apartamento en Queens, donde por fin vivirían con un poco de holgura.

Con esa sencilla reseña podíamos imaginar el resto: la búsqueda de cualquier trabajo, las extenuantes jornadas laborales, la dificultad con el idioma, la ilusión de ver llegar, uno a uno, a los integrantes de la familia, el giro en dólares con destino a Colombia, y quizás el anhelo de regresar al país. Conocíamos de memoria el guión de desdichas que siguen muchos emigrantes y nos dolía saber la repetición de la tragedia.

Pero lo peor estaba por saberse. El lunes nos enteramos que la familia fallecida la integraban Heriberto García, “quien trabajaba como mesero en un restaurante indio junto con sus dos hijos”, su esposa, Flor Marina Sandoval, “quien laboraba en un salón de belleza”, y Felipe, el hijo menor. Así lo registraron los medios en los que se pedía ayuda para repatriar los cadáveres.

Una pareja de calidad

La historia se nos convirtió en una muy mala película en la que, sin saberlo, el cine nacional era actor de reparto. Porque Heriberto García y Flor Marina Sandoval tienen para muchos cineastas colombianos voz y rostro precisos. Y aunque los espectadores lo ignoren, a ellos les deben gran parte de la calidad de lo que han visto y oído en nuestro cine. Heriberto como sonidista y Flor Marina como maquilladora, se hicieron cargo entre finales de los setenta y el 2000, de registrar el audio, las voces, los chirridos de las puertas y de caracterizar el rostro de los actores para convertirlos en los personajes que otros creábamos para el cine colombiano.

En lo personal no puedo decir, pese a conocerlos desde hace muchos años, que fuéramos íntimos amigos. Pero fuimos algo mucho más importante: cómplices en la aventura que ha sido escribir la atropellada historia del cine nacional. El cine es un trabajo colectivo por excelencia. Por esa razón, conformar un equipo que se comprometa con el sueño de un guionista, un director, un productor, de sacar adelante una película que quién sabe si llegará a recaudar lo mínimo en taquilla, pero que igual podrá conmover a algún espectador en la penumbra de una sala de cine, exige contar con cómplices.

Eso fueron Heriberto y Flor Marina para muchos cineastas colombianos en dos áreas esenciales de la realización cinematográfica, el sonido y el maquillaje. Al punto que cuando comenzamos a llamarnos, consternados, al descubrir que la tragedia de la pareja colombiana fallecida en Nueva York tocaba, además de sus dolientes naturales —los hijos y demás familiares—, el corazón del cine colombiano, fue sencillo reconstruir algo de su historia.

Lisandro Duque, director de los largometrajes El Escarabajo y Milagro en Roma , en los que Heriberto fue sonidista y Flor Marina maquilladora, recordó a Heriberto como un hombre que se comprometía con los proyectos por un imperativo de orden estético y personal. Contó que para doblar la voz del protagonista de El Escarabajo, un actor mexicano, se internaron junto con Alvarito Rodríguez, durante ocho días en un silencioso lugar de La Calera. Allí se dieron a la tarea de hacer el doblaje de una manera desconocida para Lisandro y para cualquier director: sin ver en una pantalla las imágenes de lo que se iba a doblar y, además, sin que Heriberto cobrara un peso por esa semana de trabajo adicional.

Pero la aparición del matrimonio en el cine comenzó mucho antes de esa anécdota. Según Diego Rojas, estudioso del cine nacional, “Flor Marina y Heriberto protagonizaron, desde su ámbito profesional cada uno, por lo menos treinta años de la reciente y azarosa historia de nuestro cine. Desde las épocas remotas de los cortometrajes llamados de ‘sobreprecio’, años setenta a mediados de los ochenta, la era Focine, con sus dimes y diretes, y el cambio de siglo, con los embates tecnológicos y el empuje arrollador de los nuevos cineastas. Heriberto también aparece con créditos de dirección y de jefe de producción en épocas remotas. Ah, y en El Drácula de Camila estuvo Flor Marina”.

Así es, ambos trabajaron con Camila Loboguerrero en el corto Por qué se esconde Drácula. Y antes, explica Camila, “en 1976 trabajé con Heriberto en la película Los Herederos de la Tierra, de Manuel Franco. Yo era asistente de dirección y me acuerdo que en mitad del rodaje (en la laguna de Fúquene) a Heriberto se le acabó la cinta virgen de sonido. El se fue a media noche hasta Chiquinquirá y en una emisora consiguió cinta reciclada. Era lleno de energía, feliz y sonriente siempre”. Desde entonces la presencia silenciosa, discreta, como debe ser la de los sonidistas, de Heriberto detrás de la consola de sonido, con los audífonos puestos, y de Flor Marina, pincel en mano, lista a corregir un detalle en el rostro del actor, se volvió imprescindible en cualquier rodaje.

El pasado y el presente


En Barichara, Santander, los registra la memoria de Humberto Dorado, quien, además, hizo llegar un mensaje de Sergio Cabrera que no requiere introducción: “Con profundo dolor me he enterado de la muerte de Heriberto y Flor Marina y de su hijo, no tenía idea del suceso y aún no termino de recuperarme porque Heriberto y Flor Marina fueron en innumerables ocasiones compañeros de trabajo, desde que empecé a trabajar como director de fotografía. Posteriormente me acompañaron en casi todas mis películas cuando empecé a dirigir. Los dos eran personas muy especiales y sensibles y trabajar con ellos siempre fue un placer. Como director de fotografía trabajé con ellos en películas de Francisco Norden, especialmente en un documental sobre Cerro Matoso en que Heriberto grabó sonido durante un par de años. Técnicas de duelo, La estrategia del caracol, Águilas no cazan moscas, fueron películas en las que trabajaron juntos, y ya por separado Flor Marina en Ilona llega con la lluvia y Heriberto en Golpe de estadio”.

Flor Marina y Heriberto, como pocos, hicieron parte del pasado y presente de un cine que a lo largo del siglo XX encaró una aguerrida lucha para instalar las bases de la industria cinematográfica colombiana. Por eso la lista de películas en la que ambos, o uno de los dos trabajó, es enorme. Incluye títulos como El Doble, de José María Arzuaga, Esperanza, de Maddy Samper, varias películas de Gustavo Nieto Roa, capítulos de Yurupary, dirigidos por Gloria Triana, mediometrajes como Derechos reservados y De vida o muerte, de Jaime Osorio. Al lado de Jaime Osorio, Flor Marina participó en su película Sin Amparo y en María llena eres de gracia, de Joshua Marston.

Catalina Bridge, productora ejecutiva de la película Amar y vivir, de Carlos Duplat, en la que también trabajaron, cuenta que, luego, durante el casting de Betty la fea: “Llamamos a Flor Marina para trabajar en RCN. Sin haber aceptado aún, nos maquilló las actrices que presentaron el casting para Betty, entre ellas Ana María Orozco, quien se ganó el personaje. Flor Marina no aceptó el trabajo. No le gustaba la televisión ni comprometerse a largo plazo, pero cuando se diseñó el personaje de Betty se tomaron muchos elementos de los que Flor Marina había planteado en el casting”.

Otro tanto hicieron junto a directores como Felipe Aljure, quien comparte la tristeza que nos embarga y la necesidad de escribir sobre su obra contando que “Heriberto trabajó en La gente de la universal haciendo las últimas dos semanas de sonido directo, cuando los sonidistas búlgaros se devolvieron a Sofía. Además hizo grabaciones adicionales en posproducción. Con Flor Marina trabajé en La misión, ella estaba en el departamento de maquillaje”.

Sin embargo, Heriberto y Flor Marina sintieron el apremio de ir tras el sueño americano. Sus motivos son personales y por tanto merecen el mayor respeto. Pero no está de más, para esta cinematografía, conmovida por su penosa ausencia, y para un país del que a diario emigran tantos ciudadanos, preguntarnos ¿por qué?

Para sus hijos, Alejandro, Adriana y Daniel, en la solidaridad del afecto.

* Cineasta

La trágica noticia

Alejandro García, el hijo de la familia que quedó con vida, sigue en su intento por recaudar los fondos necesarios para poder trasladar el cuerpo de sus padres. Pese a la ayuda de muchas personas, todavía no han logrado reunir todo, pues el transporte de los cadáveres cuesta entre US$12.000 y 15.000.

Según las primeras investigaciones de la policía de Nueva York, todo apunta a que el incendio fue ocasionado por una pareja de ecuatorianos que vivía en el segundo piso de la casa. “El hombre (que murió en el hospital) trabajaba limpiando alfombras, al parecer empezó una discusión con su pareja, que se encuentra en grave estado, y se arrojaron algunas sustancias inflamables que el hombre utilizaba en su trabajo”, explicó la policía.

http://www.elespectador.com/impreso/internacional/articuloimpreso-cuando-los-amigos-se-van?page=0,2

Publicado en El Espectador el 21 de junio de 2008

El Espacio de John

Voy tras una foto de John y su compañeros antes de que los borren del mapa. Ese es el plan del Congreso de esta nación que se hará realidad con una ley que prohibe a indigentes, ñeros, vendedores ambulantes, maromeros y etc., etc., permanecer en los semáforos, separadores y demás. Mejor dicho, pueden estar ahí, siempre y cuando se mantengan a 200 metros de los semáforos, las calles y avenidas y, sobre todo, no pidan nada a cambio del servicio que prestan. A partir de este mes será un delito pedir o dar limosnas, ayudas y demás en estas vías y a estas personas.

¿Será que con esta nueva Ley, finalmente, erradican la miseria? No creo, pero por lo menos —se dirán los que odian tener que tropezar con esa cantidad de pobres, feos y mugrosos en las calle— no tendrán que verlos y, según la lógica que impera en el país, lo que no se ve no existe.

Veo a John, por eso aquí le guardo un espacio en el que se le autoriza a "existir", en un tiempo donde ser pobre, tener hambre y vivir en la calle parece resultar insoportable a nuestros legisladores. Intolerable, no para sus sentimientos, sino para su estética de la ciudad. "Qué fea esa gente en las esquinas, cómo deterioran la ciudad". Ese debe ser el pensamiento que acosa sus cerebros, para pretender borrar de un plumazo de la calle y de sus inconciecias a los miserables de esta tierra.

Igual yo veo a John y, aunque me condenen por cometer el delito de compartirle una sonrisa, espero que esté en la esquina, para que no olvidemos nunca que él y millones como él también habitan un país que prefiere "borrarlos" antes que enfrentar su responsabilidad con estos seres HUMANOS.

LA ESQUINA DE JOHN

En la esquina del barrio está John. Así parece llamarse. Llega con la noche. Usa una gorra oscura mugrosa, como toda su ropa. En la mano lleva el limpiador de vidrios que tiene dos usos: restregar el barro en los parabrisas o amenazar. John se acerca a los carros que tienen que parar por el cambio a rojo del semáforo, extiende el limpiador de vidrios sobre su presa y recibe un sí resig-asustado del conductor o un no irritasustado, acompañado del pito del carro.

Es ahí, cuando suena el pito y detrás de las ventanas la cara ofuscada dice ¡no!, que el mango de aluminio rematado por una esponja desgastada a más no poder, se convierte en arma. John eleva el aluminio, se para frente al carro, se soba la barriga para pedir-exigir comida y mira al conductor. No tiene que hacer “mala cara”, la suya de natural parece “mala”, solo mira a los ojos al conductor y medio mueve la boca. Unas veces logra su cometido (a cambio de desaparecer recibe unas monedas), otras solo asusta. Pese a las luces de la cola de carros que suele crearse en la esquina, el lugar es algo oscuro. Telón de fondo perfecto para John. Hay arbustos, carros detenidos en una pequeña pendiente, es de noche y él está ahí con su limpiador de vidrios. Usted escoge: se le limpia el vidrio o se le intimida.

La esquina es suya de domingo a martes, el miércoles comienza a compartirla con un viejito que vende dulces, maní y cigarrillos. El jueves llegan los maromeros. El viernes en la noche la esquina se llena. Están John, algunos vendedores de cualquier cosa, los maromeros, uniformados, un par de mimos, los vendedores de flores, el viejito que bendice carros sin pedir nada y hasta el tipo que baila salsa con una muñeca. Entonces el cambio del semáforo se hace más lento. No sé si es idea o realidad, pero yo que paso todas las noches por el mismo lugar, que debo detenerme ante John, que observo los rostros de pánico ante el limpiador de vidrios, siento que el tiempo entre el rojo y el verde del semáforo se alarga los viernes en la noche.

Los maromeros son cuatro o cinco y su espectáculo es de profesionales. Tienen uniforme, van descalzos y son precisos en sus acciones. El más fuerte, un negro de hombros anchos, resiste, el peso de los dos jóvenes que, uno sobre otro, lanzan bolas, bolos o fuego. Provoca aplaudirlos cuando terminan el show, pero no hay tiempo, el encargado de cobrar el boleto se acerca a las ventanillas de los carros a pedir lo suyo.

Supongo que de viernes a domingo son noches “malas” para John. Será poco lo que logre con su mala cara o limpiando parabrisas. Pero sólo supongo, no lo sé. Igual, suelo mirar a John en esas noches, el semáforo da más tiempo, y detallar su puesta en escena: el limpiador extendido sobre el parabrisas, el rechazo, el limpiador contra el hombro, la mano en la barriga y los ojos negros mirando desde fuera, desde la calle, al atemorizado conductor.

A veces, entre carro y carro John se me acerca, de tanto vernos hasta nos reconocemos, y sin levantar su “arma”, responde mi saludo diciendo: “¿qué, mucho boleo?”. Respondo cualquier cosa, sonrió, el semáforo cambia y John me dice “que tenga buena noche”.

Espero que el deseo de John se cumpla, para ambos.

Arrastro el Alma

Hay días en que arrastro el alma. Cargo con ella, la toco, la consiento y, sin más, la pierdo. Cae al suelo y corre el peligro de perderse para siempre en cualquier hueco de las calles bogotanas. Arrastro el alma en días, como hoy, en que pierdo la ilusión de un mañana, un pasado mañana mejor. Colombia, pese a las optimistas cifras de las encuestas que la califican como el segundo país más feliz del mundo, es un territorio lúgubre, plagado de muertos, desaparecidos y secuestrados. Pero lo peor no es eso, lo peor es la indiferencia.

Un País Donde Todo Ocurre (Video/Lanzamiento Lbro)

Un País Donde Todo Ocurre

(Tomado del libro)

"—Es que, mira, los temas pasan, pierden actualidad y eso de pronto ya no le interesa a nadie —insistió la voz femenina. ¿A qué se refería? ¿A los quince minutos de fama de un
efímero cantante; a los chismes de farándula que llegan tan fácil como desaparecen; a una prenda de vestir que está a punto de convertirse en obsoleta? No, ella, la persona que representaba a una editorial para la que se suponía debía escribir este libro, hablaba de sucesos que resumían la feroz contienda que vive nuestro país, el de ella, el mío, el nuestro: hablaba de la guerra.

Miguel Hernández, Miguel Hernández… por alguna extraña razón en lo único que conseguía pensar, mientras oía las frases que me pedían una justificación para el proyecto del libro, era en el poeta español. “No perdono a la vida desatenta…”** ¿Qué otra cosa distinta a perdonarla hemos hecho? ¿Cuándo hemos sentido más su muerte que nuestras vidas, cuándo? Lo entendí tanto, lo sentí tanto. Miguel Hernández en la España de 1936 señaló, con palabras precisas, nuestra vergonzosa indiferencia. Entonces quise estar junto a él, pedirle permiso de repetir, cual letanía, las únicas palabras capaces de conjurar nuestra mezquindad:

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a partea dentelladas secas y calientes.
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera y desamordazarte y regresarte**.

Y… desenterrar a los millones de colombianos sacrificados por la violencia, para mirarlos, para besarles la noble calavera y pedirles perdón por la indolencia. Por haber sido capaces de ignorar su muerte, el terror, las balas, los cuchillos, los cilindros de gas, las motosierras… por haber sido capaces de seguir viviendo como si no pasara nada. Como si “eso” la condena del destierro, del secuestro, fuera un asunto del que podemos desprendernos, olvidarlo. Como si la piel de las víctimas de la infamia, no hiciera parte de nuestra piel.

La voz femenina, a la que mis pensamientos no llegaban, recalcó, quién sabe si eso tenga vigencia. No conocía a la persona que se refería a ciertos episodios de esta guerra como una nota de periódico que deja de existir al pasar la página, no la conozco. Pero gracias a sus palabras comprendí que la nuestra era una casa invisible. Un lugar donde “el odio se amortigua detrás de la ventana”, ignorado por la mayoría. Y que para hacer visible esta casa nuestra, “con su desierta mesa con su ruidosa cama”, para que asumiéramos como propio el dolor que puebla sus rincones, era imprescindible pintarla del color de las grandes pasiones y desgracias.

Entonces supe que el desconsuelo, provocado por la voz que preguntaba si este tema tenía vigencia, se proponía arrebatarnos lo único que certifica que la nobleza subsiste en esta invisible casa: la esperanza. Y de nuevo acudí a la voz de Miguel Hernández para pedir, con sus palabras, en su voz: 'Dejadme la esperanza' ".

El asesinato de Gaitán: Un crimen que NO cambió al país

UN CINE CON MEMORIA

Contar una historia

Hace veinte años escribí una historia, un guión cinematográfico titulado Confesión a Laura, que filmamos íntegramente en la Habana, Cuba, en 1990.

Allí en la Habana, por necesidades del guión, junto a Jaime Osorio, director de la película, reconstruimos la Bogotá del 48.

Era imprescindible hacer esta reconstrucción porque el marco histórico de Confesión a Laura es el 9 de abril de 1948 y, específicamente, los sucesos que se desencadenaron a raíz del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.

La razón que me llevó a escribir una película donde tres personajes anónimos que, creyéndose ajenos a los sucesos que sacudían al país para esa época, en menos de 24 horas sufren la transformación más grande de sus vidas, fue pensar en cómo, esa historia, la de creernos ajenos a todo cuanto ocurría en el país, era la misma que vivíamos a finales de los ochenta en Colombia.

“—Nos están matando a todos… ¿Y nosotros, qué va a pasar con nosotros?”

Exclama, la tímida Laura en un momento de la película, cuyo de telón de fondo es el llamado Bogotazo.

Santiago, el hombre frágil que guarda un pequeñísimo retrato de Gaitán en el fondo de la billetera, donde jamás lo encontraría Josefina —la mujer controladora y fuerte que ha sido su esposa durante más de treinta años—, intenta calmar la angustia de Laura diciéndole:

“—Tranquila, nada va a pasar… nada.”

Y, Santiago, de alguna manera, dice una verdad contundente. Pese a que los hechos externos a la intima historia de Santiago, Josefina y Laura, cambian de manera rotunda la vida de estos tres personajes, lo cierto es que Santiago tenía toda la razón en cuanto se refiere al país: Nada iba a pasar.

Veinte años después, reviso los parlamentos de mis personajes y, tristemente, descubro que tienen la misma vigencia que me impulsaba a escribir esa historia en 1988 y, a ubicarla de manera puntual, entre el 9 y el 11 de abril de 1948, Cuando se creyó que la historia de Colombia había cambiado.

La verdad, es que eso no sucedió.


El asesinato de Gaitán: Un crimen que NO cambió al país


Algo muy distinto conmemoraríamos hoy en Colombia si el 9 de abril de 1948 el líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, no hubiera caído asesinado en pleno centro de Bogotá a la 1y 5 de la tarde. La historia de esta patria habría sido muy distinta si el crimen de Gaitán hubiera fracasado. Pero ocurre que quienes planearon y quien ejecutó el homicidio lograron su objetivo: asesinar a Jorge Eliécer Gaitán y encadenar al charco de sangre que dejó el cuerpo herido, en pleno centro de Bogotá, los millones de litros de sangre colombiana que se vienen derramando sin cesar desde ese 9 de abril hasta nuestros días.

Sangre y vidas que, además de sumarse a la imperdonable muerte de Gaitán, se entretejieron también con los cientos, miles de vidas que desde antes de ese 9 de abril, caían asesinadas en un lugar llamado Colombia. La razón de esta barbarie, en contra de cualquier pronóstico, se mantiene intacta en nuestra democracia: no se tolera a quienes piensan, opinan, actúan distinto a lo que impone el gobierno de turno.

“El negro Gaitán” como le llamaban (en una sociedad donde la condición de trigueño, aindiado y pobre, constituían razones suficientes para ser descalificado como dirigente del país), consiguió con su formación intelectual, su innata capacidad de orador y su actividad política, establecer un diálogo con un pueblo que, harto de ser segregado por negro, aindiado y pobre, vio en él la oportunidad de conquistar, por la vía democrática, un cambio en su país.

A Gaitán, cómo no, se le idolatraba o se le odiaba. Porque así estuvo y está establecido en Colombia, sin términos medios, sin matices, sin posibilidad de análisis, de reflexión o diálogo. El problema para quienes le odiaban, una minoría que tenía a su haber el beneficio de detentar el poder del país, era que la mayoría, los pobres, aindiados y negros, pobres también, creían en Gaitán y, muy seguramente, de haber llegado vivo al día de las elecciones, lo habrían instalado en la presidencia de la república con su voto. Porque ellos, los humillados y repudiados de esta patria, eran mayoría en las urnas. Y, ahí sí, la historia de Colombia habría cambiado.

Por más especulaciones que se hagan nadie puede afirmar, con absoluta certeza, si ese cambio resultaría bueno o malo para Colombia, pero lo que sí se puede decir, sin temor a equivocaciones, es que se habría producido un cambio histórico en el país. Algo semejante a lo que pudo suceder en Estados Unidos si en lugar de asesinar al líder negro Martín Luther King, se le hubiera permitido desarrollar democráticamente sus ideales y aspiraciones políticas, o como pudo ocurrir en Sudáfrica, más temprano que tarde, si en lugar de encarcelar a Nelson Mandela durante más de VEINTICINCO AÑOS, se le hubiera permitido proseguir su actividad política dentro de una democracia.

El resultado de este cambio, con Mandela, está a la vista de la historia para ser evaluado. Los cambios que se pudieron producir con Martin Luther King y Jorge Eliécer Gaitán no existen. Nos fueron negados con la misma violencia que a ellos les segaron la vida.

Por eso hoy, cuando volvemos la vista atrás para traer al presente los trágicos hechos que desde hace 60 años alimentan la rabia, el odio, la impotencia y muerte en el país, resulta oportuno que los miremos sin vendas ni pañitos de agua tibia para que, siguiendo las palabras del poeta, ¡dejemos de llorarnos las mentiras y nos cantemos las verdades!

Porque en ese cantarnos las verdades puede producirse el cambio que los asesinos de Jorge Eliécer Gaitán nos arrebataron: el de construir un país donde el homicidio de sus líderes constituya un hecho intolerable. Un país donde la sangre y vida de cualquier colombiano merezca el respeto y la dignidad a la que tenemos derecho todos los seres humanos; una Colombia donde impere la devoción por la vida y jamás, bajo ninguna circunstancia, se aplauda o acepte el homicidio de ningún colombiano como un suceso normal.

Sólo entonces, cuando eso ocurra, cuando los colombianos respetemos el pensamiento de los otros como si fuera el propio, cuando se deje de acudir a las armas y con ellas a la muerte para arreglar nuestras diferencias, estaremos comenzando a construir el gran cambio que debió producirse el 9 de abril de 1948 a la 1y 5 de la tarde cuando cayó acribillado e indefenso Jorge Eliécer Gaitán.

Entretanto, sólo estaremos hablando de un suceso que marcó la historia de un país llamado Colombia, donde —como si la vida de Gaitán y la de los millones de colombianos que por pensar distinto han sido asesinados durante estos sesenta años, no mereciera el mínimo respeto— seguimos asistiendo impávidos al espectáculo de intolerancia y desangre con el que día a día se escribe la historia de horror de un país en el que, hace ya muchos años, mataron a Gaitán y, tal cual lo anunciara Santiago en Confesión a Laura: no pasó nada.