Si en realidad queremos un acuerdo de paz con las FARC debemos proteger el que tenemos

No nos digamos mentiras, si en realidad queremos un acuerdo de paz con las FARC, tenemos que trabajar en el sentido de construirlo, de proteger la negociación que ya tenemos y, si se puede, de mejorarlo. Pero si la posición es que NO se quiere ese acuerdo, que se busca el sometimiento de una guerrilla que no fue derrotada ni pudo vencer al ejército, entonces díganlo y no alarguen más esta historia. Que se arme todo el mundo y otra vez a la guerra.

Esas son las dos opciones que tenemos en Colombia, respaldar un acuerdo de paz que luego de cuatro años (o más) está prácticamente listo para implementarse, o volver a la guerra que de alguna manera, hasta donde entiendo, es lo que promueve Álvaro Uribe con su No pero Sí.

Álvaro Uribe Vélez gobernó a Colombia durante 8 años y un poquito más, porque se supone que por lo menos el inicio del primer gobierno de Juan Manuel Santos, también obedecía a Uribe y… ¿qué pasó durante ese tiempo? ¿Acaso vimos  voluntad de construir una paz dialogada? No señores, jamás se expresó o mostró ese interés.

Uribe fue elegido por un pueblo que creyó en su promesa de derrotar a la guerrilla por la fuerza y no lo logró. Esa es una realidad que debe aceptar, porque ese hecho es el que permite que en el gobierno de Santos se inicie la búsqueda de una paz negociada y que esa negociación haya avanzado hasta donde estamos en este momento. Con una propuesta de paz elaborada, un país confundido y dividido por quienes promovieron rechazar el plebiscito por la paz con engaños y truculencias, es sano que paremos y exijamos a quienes promueven el NO al plebiscito que nos digan claramente si en realidad están dispuestos a llegar a una paz negociada o NO.

Para qué botar más corriente con el cuento de que hay que "mejorar" un acuerdo "dañino" si el propósito es que nada de lo que implica una negociación se aceptará.

Si Álvaro Uribe y sus seguidores no van a aceptar el resultado de unos acuerdos negociados por representantes de dos bandos que se mostraron incapaces de derrotarse, es mejor que lo diga de una vez para que los ciudadanos tengamos claridad respecto a qué nos enfrentamos.

Negociar con las FARC partiendo de la premisa de que no podrán optar a cargos políticos o acogerse a la justicia transicional (que sí sirvió para la negociación con los paramilitares), significa que no habrá negociación, así que lo mejor que pueden hacer por el país quienes tienen esa posición y la capacidad de imponerla, es expresarla y de una buena vez decirnos cuánta gente y cuánta plata van a poner para la guerra en la que seguiremos, pero por favor, no nos traten como si fuéramos imbéciles porque no lo somos.

No nos digan que están por la negociación, siempre y cuando al otro no se le dé nada, porque así no se negocia. Mejor, y aunque sea por una vez en la vida, digan lo que de verdad buscan para que Colombia esté preparada para lo que se le viene encima.

Repito: no nos digan más mentiras.

Estoy Mamada de Oír a Uribe

Me da pena con ustedes amigos, pero no encuentro otra forma de expresarlo: estoy mamada de oír a Uribe, de oír hablar sobre él, lo que dijo, lo que dejó de decir, durante 18 horas al día (las otras no sé porque duermo, pero ahí también se me aparece diciendo, hijita, reconsidera lo que dices o hablaré 24 horas, hasta que entiendas que es sí pero no).
Ay, Uribe, de verdad póngase serio y defina si va a aportar o no a una paz posible.
Tengo derecho a dormir tranquila, ¿o no?


Marcharemos sin pausa y en paz por la PAZ

A los nuevos negociadores del acuerdo de paz con las FARC, a ustedes en particular les comparto este video que grabé ayer, para que tomen en cuenta que el pueblo, nosotros, los indígenas, campesinos, empleados, estudiantes, jóvenes, adultos, ancianos, hemos entendido que la única salida de Colombia es la paz. Y que esa paz debe llegar muy pronto.

Ayer acudimos miles y miles de ciudadanos a la Plaza de Bolívar, participamos del homenaje a las víctimas, marcha de las flores, convocada por los estudiantes y la única conclusión posible es que #NoEstamosSolos y demandamos #AcuerdosYa .

No lo digo yo, lo dijimos miles. Tengo la sensación de que este pueblo está convencido de la necesidad de una paz que llegue cuanto antes y que hoy, como nunca, demandará pacíficamente pero sin pausa, que se concrete.

Colombia, un Jardín con Memoria sigue adelante



El proyecto de Colombia un Jardín con memoria sigue adelante.



Y para quienes quieran saber, ver, sentir algo más sobre este Jardín va una nota sobre su origen

El origen de los jardines de la memoria

Ricardo Maldonado Rozó, quien fuera nuestro Director de Fotografía del documental sobre los Jardines de la Memoria, que comenzamos a crear en Colombia desde el pasado 9 de abril de 2014, realizó por su iniciativa y sentimiento este bello homenaje a las víctimas, en particular a las Madres de Soacha, a quienes se rinde homenaje con este 1er. Jardín de la Memoria.

La creación de estos jardines es una iniciativa privada que se propone crear Jardines de la Memoria en todos los lugares de Colombia donde el conflicto ha dejado víctimas por desplazamiento forzado, desaparición forzada, asesinatos, masacres, agresiones en su integridad física o emocional, o cualquier otro acto que atente contra los Derechos Humanos.

Para concretar esta iniciativa buscamos el apoyo de personas e instituciones de los diferentes lugares donde se creen los Jardines.

En el caso de Ocaña contamos con el gran apoyo de la Universidad Francisco de Paula Santander, Ocaña, de Intermón, la Unión Europea y Karamelo Producciones.

Creamos Jardines de la Memoria porque estamos convencidos de que la memoria es la herramienta fundamental para construir un presente donde el horror de la guerra no se repita, porque queremos divulgar qué y cómo sucedieron los hechos en los distintos lugares y porque consideramos que esta es una forma de reparar en algo el dolor que padecen las más de 6.000.000 de víctimas que, hasta ahora, deja el conflicto en Colombia.

Agradecemos la divulgación y comentarios.




COLOMBIA, UN JARDÍN CON MEMORIA





(COMUNICADO DE PRENSA)  Abril 14 de 2014. El pasado 9 de abril se inauguró en la vereda la Liscas, Norte de Santander, el primer Jardín de la Memoria de Colombia. En este caso dedicado a los jóvenes de Soacha que fueron vendidos al ejército colombiano para ser asesinados y presentados a la opinión pública como positivos de guerra, en hechos ocurridos durante el año 2008.

La iniciativa de crear Jardines de la Memoria “en todos los lugares de Colombia que hayan padecido la guerra”, es de la cineasta y escritora Alexandra Cardona Restrepo, quien luego de trabajar durante varios años con temáticas relacionadas con los Derechos Humanos en Colombia se propone “crear espacios físicos que nos permitan conocer la historia de lo que allí ocurrió, porque la memoria es la herramienta fundamental para la construcción de un presente digno”.

En este caso Cardona Restrepo, quiso rendir un homenaje a las madres de Soacha sobre quienes realizó el documental Retratos de Familia, financiado por el Archivo de Bogotá dentro del proyecto Unidad de Memoria y Derechos Humanos, proyecto creado y coordinado por Patricia Linares Prieto.

A través de su empresa Karamelo Producciones, Alexandra, consiguió el apoyo de Intermón Oxfam, Colombia, de la Unión Europea y de la Universidad Francisco de Paula Santander de Ocaña, con los que pudo llevar adelante el propósito de crear un Jardín de la Memoria en el lugar donde se encuentran las fosas comunes que albergaban los restos de los jóvenes de Soacha, asesinados 24 horas después de desaparecer de sus hogares.

El evento contó con la presencia de cuatro de las llamadas “Madres de Soacha”; las directivas de la Universidad Francisco de Paula Santander, Ocaña en cabeza de su Rector Edgar Sánchez; el acompañamiento de la población de Ocaña; de la periodista española Toya Viudes y con el homenaje preparado por la UFPSO que comprendió, entre otras cosas, la interpretación del Ave María de Shubert en violín y la realización de un impactante performance preparado por la Universidad.

En horas de la noche se proyectó el documental Retratos de Familia en el Teatro de Bellas Artes de la ciudad de Ocaña con una presencia multitudinaria de la población ocañera. El documental fue recibido con un aplauso cerrado por parte del público que enseguida ovacionó a las madres de Soacha.

El cierre de este primer día de actividades fue realizado por la compositora e interprete Andrea Echeverri, quien compuso el tema central del documental Retratos de Familia. La cantante interpretó varias canciones de sus autoría entre ellas Mamitas, tema del documental, que fue recibido con grandes y emotivos aplausos por parte del público ocañero.

“El pueblo de Ocaña es tan víctima como nosotras”, con estas palabras dieron inicio las madres de Soacha al diálogo realizado el día 10 de abril entre las madres y el público en el teatro de Bellas Artes. Allí intercambiaron opiniones con los asistentes y fueron testigos de cómo algunos de los asistentes denunciaron que sus familiares e hijos también habían desaparecido en eventos similares a los narrados por las Madres de Soacha. Durante este diálogo, las madres repitieron con insistencia que los ocañeros eran inocentes y víctimas, como ellas, pues han padecido el señalamiento de que allí se cometieron estos crímenes contra los jóvenes de Soacha, sobre los que no tienen ninguna responsabilidad. Luego de un emotivo cierre del diálogo se dio paso a una segunda proyección del documental Retratos de Familia.


En la tarde de este segundo día de actividad Alexandra Cardona Restrepo impartió el taller denominado Cómo Recopilar Memoria Dentro del Conflicto y su Importancia. Luego de contar apartes de su experiencia personal y de proyectar algunos trabajos propios y ajenos que recopilan memoria dentro de un conflicto, se dio paso a la proyección de la película Confesión a Laura (1990), dirigida por Jaime Osorio, escrita y producida por Cardona.

El evento de la instalación de este primer Jardín de la Memoria concluyó con poesía y la entrega por parte del profesor Marco Antonio Vega, apoyo incondicional para llevar acabo este jardín, de una de las banderas que cubrían las fosas comunes a las madres. Bandera que las madres decidieron entregar, como símbolo de gratitud, a Alexandra Cardona Restrepo.

“Haremos más jardines, de pronto el de Nueva Venecia es el siguiente” afirmó Cardona al despedirse de Ocaña agradeciendo el cariño que brindaron a las madres y al equipo de Karamelo integrado por el Director de Fotografía y camarógrafo Ricardo Maldonado y Yuri Alvarado, asistente de Dirección y sonidista, con quienes realizó el registro de este evento que se convertirá en el documental Colombia, un jardín con memoria.


www.karameloproducciones.com
@karamelocine

EN COLOMBIA SE INAUGURA PRIMER JARDIN DE LA MEMORIA

El próximo 9 de abril se inaugura el “Primer Jardín de la Memoria” que se realiza en Colombia y que estará ubicado en la vereda las Liscas muy cerca del municipio de Ocaña, Norte de Santander, en el lugar exacto donde algunas de las llamadas Madres de Soacha encontraron a sus hijos asesinados en 2008.

Este Jardín de la Memoria será el primer monumento de esta naturaleza que se erige en Colombia para que nadie olvide los macabros hechos de violencia que han lastimado hondamente al un país que suma seis millones de víctimas. La directora de cine y documentalista Alexandra Cardona Restrepo es quien concibió la idea y gestiona la creación de Jardínes de la Memoria en diversos lugares del país. En este caso el Jardín de la Memoria estará dedicado a los inocentes jóvenes del municipio de Soacha que fueron selectivamente asesinados y expuestos ante los medios de comunicación por las Fuerzas Armadas de Colombia como bajas en combate.

Hecho que el entonces Ministro de Defensa y hoy Presidente de Colombia, doctor Juan Manuel Santos denominó como falsos positivos.

Al evento asistirán representantes de la comunidad de Ocaña, delegados internacionales, algunas de las Madres de Soacha que rescataron a sus hijos de las fosas comunes cavadas en ese lugar y periodistas nacionales e internacionales.

Para la materialización de este evento sin precedentes en Colombia, que se desarrolla en el marco del Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con las Víctimas, una medida de satisfacción y cumplimiento dentro de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, Cardona Restrepo contó con el auspicio de Karamelo Producciones; la Universidad Francisco de Paula Santander, Ocaña (UFPSO); Oxfam -Intermón, Colombia y de la Unión Europea.


Este primer Jardín de la Memoria se hará realidad gracias a la valiosa gestión del doctor Marco Antonio Vega y al decidido apoyo del rector de la Universidad Francisco de Paula Santander, Ocaña (UFPSO), doctor Edgar Sánchez y del director de Oxfam - Intermón doctor Alejando Matos.


La población de Ocaña en el Catatumbo colombiano (Norte de Santander), conmemorará esta fecha con un evento único en el país que incluye la representación de la memoria en un espacio tangible y no perecedero, la recapitulación de los hechos que convirtieron en víctimas a varios colombianos y el diálogo entre víctimas y comunidad que injustamente ha sido victimizada.

El evento que arrancará el 9 de abril con la inauguración del Primer Jardín de la Memoria tendrá por la noche la presentación en el auditorio central de la Escuela de Bellas Artes del documental Retratos de Familia, de la directora Alexandra Cardona al que asistirán también las madres que protagonizan el documental.
.
Este documental financiado por el Archivo de Bogotá, para el que la compositora y cantante Andrea Echeverri, ganadora en dos ocasiones del Premio Grammy Latino compuso y donó la canción "Mamitas positivas", recopila la historia de varios jóvenes de Soacha que fueron engañados y llevados hasta Ocaña para ser asesinados, y la forma en que sus madres acaban convertidas en defensoras de Derechos Humanos. Gracias al riguroso tratamiento de una historia tan sensible el documental ha obtenido varias distinciones entre las que cabe destacar el Gran Premio Franco-Andino DOCUMENTA 2013, como Mejor Documental de Largometraje Andino.

 El 10 en la mañana se realizará un diálogo con las Madres de Soacha y la comunidad de Ocaña cuyo espíritu es dejar muy claro que estas madres tienen plena conciencia de que los habitantes de Ocaña nada tuvieron que ver con la muerte de sus hijos y que, por el contrario, también fueron victimizadas por estos dolorosos hechos.

En la tarde la directora Alexandra Cardona, impartirá un taller sobre Cómo Recopilar Memoria Dentro del Conflicto y su importancia, dirigido a los estudiantes de la UFPSO y se proyectará la película Confesión a Laura.

Todo el evento será filmado por Cardona con miras a realizar un documental donde se muestre que la memoria es una herramienta crucial para la construcción de un presente justo y que al no olvidar podemos revertir la historia para convertirnos en personas respetuosas del derecho fundamental que nos determina como humanos: el de la vida.

A los campesinos de mi patria

Campesinos colombianos,

Cada día de mi vida lo he vivido gracias a ustedes. Con el sagrado maíz me criaron, a punta de arepa, aguepanela y leche se formaron mis huesos. Cada papa, sabanera, criolla o pastusa, llega a mi boca con el sabor que sólo pueden imprimir esas manos callosas, anchas, fuertes y nobles, herederas de las parcelas en las que durante siglos otras manos callosas, anchas y fuertes labraron el alimento para Colombia entera.

Sus manos, briosas para sembrar y suaves para amar, hacen parte de la herencia que Colombia entrega a sus hijos. En cada colorida familia cafetera, en cada rostro tiznado que sale de la mina,  en cada ruana echada sobre el hombro, reconozco mi historia y siento el orgullo de saber que grano a grano mantenemos intacta nuestra dignidad.
Cuando el mundo ha dicho que los colombianos somos bandidos, narcotraficantes, ladrones, lo hacen por puritica ignorancia. Porque a cuenta de unos cientos desconocen a los millones de hombres y mujeres de cachetes rojos como la remolacha, que alimentan a más de 40 millones de colombianos. Ustedes son la esencia de nuestra dignidad. Los que nos permiten decir, con voz recia, soy colombiano y qué pocas ganas tengo de dejar de vivir en un país que lo tiene todo.
Por eso sepan que comparto su angustia de verse condenados a perder las cosechas, las parcelas y la dignidad.
Esta es otra forma de producir un desplazamiento forzado que los llevará a ser limosneros de semáforo, maromeros incómodos, a quienes nadie, ninguno de los que se alimentaron con esas cebollas largas venidas de Aquitania, mirarán con buenos ojos.
Cuando mis sueño vienen con aroma, huelen a tierra frescrita y negra, recién sembrada; cuando vienen con sonido revientan las tapas de las polas recién destapadas para festejar la cosecha y, cuando vienen con color, veo las pepitas rojas y verdes del café, el maíz amarillo, la mazorca casi blanca por lo tierna y un montón de ojos negros, que me regalan su alegría de saberse colombianos.
Ustedes, como yo, saben que los Smad también son campesinos o hijos de campesinos y que sólo están puestos ahí, contra ustedes, porque los verdaderos responsables de la venta del país no ponen la cara.
Ellos, los que negocian a nuestra Colombia son unos pocos y si bien tienen el poder, jamás podrán resistir la fuerza que produce la unión de campesinos pacíficos y alimentados por campesinos, exigiendo el legítimo derecho de cultivar y comprar los frutos de nuestra tierra.
No queremos arroz extranjero, ni papa ni yuca y, mucho menos café.
Queremos lo nuestro, lo que producen esas manos que, a esta hora, cuando reparten envueltos de maíz a los SMAD, sólo merecen, como mínimo pago a su esfuerzo, un beso en cada llaga que cultivar la tierra  para nosotros les ha producido.
Campesinos colombianos, mi nombre es Alexandra y los amo por su generosidad.
De aquí para abajo el nombre de muchos otros que también les aman y acompañan en estas horas de lucha pacífica. Resistiremos.
(Foto tomada de las redes sociales)

Si siente que lo dicho en esta carta corresponde a su pensamiento, bien pueda incluya su nombre.

Fui feliz

Hoy fui feliz, tanto como esta niña guambiana que camina sin miedos por la carrera 7ma. Desde hace 65 años los colombianos no conmemorábamos un 9 de abril con esperanza.
Al fin los odios parecen diliuirse por la fuerza de la esperanza, de la necesidad de paz sin más muertos, sin más agresiones, sin más colombianos convertidos en víctimas.
Tengo esperanza en que los colombianos olviden para siempre el uso de palabras agresivas, que discutamos con razones, que respetemos las diferencias y que nunca más se utilice ningún arma, incluida la palabra, para agredir a nadie.
Quiero recobrar la alegría y confianza de esta hermosa niña que merece vivir en paz, como todo colombiano, es un derecho humano.
Gracias a quienes ponen al servicio de la vida la palabra con respeto.



Un abrazo para Ernesto McCausland



Por Alexandra Cardona Restrepo

Ese 21 de noviembre, tempranito, me llamó Mónica. Primero al teléfono fijo que no alcancé a contestar, luego al celular, al que tampoco llegué a tiempo. Sin embargo, por el tipo de timbre supe que se trataba de Móni. Me asusté. Muy temprano y mucha insistencia para una llamada. De nuevo sonó el teléfono fijo y, ahí sí, de una vez pregunté, ¿qué pasó? 
Se murió Ernesto. Silencio. Preferí llamarte porque no quería que te enteraras por la radio. ¿Estás ahí?, sí. Dicen que murió como a las tres y media de la mañana, todos están hablando de eso. Luego de un silencio en el que tan sólo se oían nuestras respiraciones agregó, yo sé cómo te sientes, pero mejor que lo sepas de una vez. Sí, gracias. Chao tía, más tarde te vuelvo a llamar y acuérdate que lo importante es mantener el buen ánimo que has tenido todo el tiempo, eso es lo que no puedes perder. Chao.
Bocabajo, con la cabeza hundida en la almohada procesé la noticia. Ernesto McCausland y yo éramos colegas en, por lo menos, cuatro aspectos de la vida. Por cineastas, por creer devotamente en los derechos de los seres humanos, por amar a los perros y por haber tenido cáncer. Iba a llorar. Seguro los ojos alcanzaron a encharcarse pero no lloré. Los recuerdos, como en el desorden de un sueño cualquiera, brincaban de un momento compartido a otro. 
Hola Ale, ¡Ernesto!, al fin. Ale, susurró, no te he llamado porque me están haciendo una terapia y el médico dice que es mejor no hablar para que no me llene de gases. Eso me dijo la última vez que hablamos, unos veinte días antes de recibir la noticia. Claro, no te preocupes yo entiendo, sólo quería saber algo de ti, un abrazo, te escribo. Tá bien, Ale. Un abrazo. Ese día supe que la muerte de Ernesto era inminente y pronta.
Ernesto no quería hablar, sé cómo es eso. Hablar, respirar se convierte en un esfuerzo descomunal. Mejor el silencio. Me llamó porque marqué sin tregua a su celular y, por último, le dejé un mensaje infalible: Ernesto, por qué no me contestas, lo único que quiero es saber algo de ti. No es más. Abrazos.
Los colombianos mandamos abrazos en los correos, en las llamadas y, cómo no, en los mensajes de voz. Es grato enviar y recibir abrazos. Supongo que para Ernesto también lo era.
Un Abrazo, fue lo último que le oí decirme. Yo iba manejando mientras hablaba con él. Apenas colgué tuve que buscar un espacio donde estacionar. Entonces era verdad. En el Salón del Autor de la Cinemateca del Caribe, me lo habían dicho, Ernesto se está muriendo. Liuba me lo ratificó después de los premios Simón Bolívar, él está muy mal, dicen que solo un milagro podría salvarlo. Me rehusé a creerles. No, no, le dije a Liuba, eso debe ser mentira. Es que la gente hace un show con ese tipo de enfermedades y siempre lo matan a uno. Por eso no conté nada cuando estuve enferma. Qué tal uno enfermo, apechugándose esa cantidad de tratamientos que tanto lo debilitan y la gente mirándolo con cara de “pobrecito, y pensar que se va a morir rapidito”. El pobrecito y la mirada de compasión me revientan, Liuba lo sabe. Así que reafirmé, no creo, él está en su lucha y por eso se mantiene aislado, no es más.
Pero después de oír su voz por el celular la cosa fue distinta. Más que débil, era un hilito que sonaba a despedida. Suspiré, suspiré, suspiré y lloré. Gracias a Dios existe la soledad de un carro en el anonimato de la calle para llorar como nos dé la gana.
Ese día lloré todo cuanto tenía que llorar, sin que nadie me dijera, ay, no te pongas así que eso te puede hacer daño. El hecho de que a Ernesto le haya aparecido un nuevo cáncer no quiere decir que a ti te va a pasar lo mismo. No llores, eso te debilita.
Es tan difícil, uno mira de reojo a la persona que habla con auténtico cariño y por el cariño justamente calla, se guarda el, mira, no soy idiota. Sé que lo de él es una cosa y lo mío otra, el asunto es que necesito llorar. Quiero a ese amigo que no estará y la muerte duele. No es más. Lloré cuanto quise amparada por esa especie de vientre en que, para mi fortuna, se convirtió la cabina del carro.  
Al regresar a la casa cumpliendo al pie de la letra con la manida frase de “la vida sigue”, le comenté a Rafa y a las niñas que después de hablar con Ernesto, me parecía cierto lo que habían dicho en Barranquilla. Silencio.
Conocí a Ernesto cuando decidimos que presentara Tiempo de la Verdad, programa de la Procuraduría General, dirigido por mí, que se transmitía en directo por la televisión y constaba de un documental, entrevistas en estudio y una sección pedagógica cuyo propósito era orientar a las víctimas sobre sus derechos respecto a la ley llamada de “Justicia y Paz”. Carito, mi hija, lo conocía por haber trabajado juntos en  la emisión de un programa especial de TV. Ella fue la encargada de contactarlo para que presentara Tiempo de la Verdad. La negociación fue sencilla y rápida. Luego, cuando fuimos a Barranquilla a filmar el documental sobre el crimen de Alfredo Correa de Andreis y la Masacre de Nueva Venecia, nos vimos.
Él y Ana Milena, su esposa, se me antojaron una pareja real. De las que son para las alegrías y las tristezas, para la riqueza, la enfermedad, de las que saben quererse para siempre. Desde el primer momento la conversación fue fácil, Ernesto habló de Momo, su perro, y nosotras de Edipo, Tino y Cupido, los nuestros. Todos labradores y personajes de la familia. Luego vino el país, el conflicto, la tristeza y la necesidad común de “hacer algo” respecto a  ello. En eso trabajamos en Tiempo de la Verdad.
Todavía me rió recordando cómo Mónica le prestó su micro sombrilla rosada de Hello Kitty, para que se protegiera del aguacero que lo recibió en su primer viaje a Bogotá para presentar el programa. Debió ser muy divertido ver a ese hombre de casi dos metros corriendo en el parqueadero del aeropuerto, con la micro sombrilla de Móni protegiéndole la cabeza. Sin embargo, haciendo gala del desenfado caribe que tanto me gusta, Ernesto pareció no enterarse del episodio.
El engranaje de ambos en el trabajo fue perfecto. La única interferencia vino de mano de los improvisados apuntadores que utilizamos durante la emisión del programa. Como éramos pobres, Mónica inventó un sistema de comunicación que funcionaba con un par de walkie talkies a los que se les adaptaban los audífonos. Ernesto tenía uno en el set y yo, se suponía, me comunicaría con él a través del otro que estaba en el master. Eso fue un caos. Ernesto no me oía. 
Ernesto, vamos con el entrevistado dos, Ernesto, el entrevistado dos, Ernesto el dos, ¡Ernesto! Creo que hasta los entrevistados llegaron a oír mis gritos y Ernesto seguía impasible, hablando con el entrevistado uno. Durante el agite de la transmisión la cosa era terrible, porque se trataba de un programa en vivo, pero luego… nos reíamos! ¿Por qué no me hiciste caso?, ¿de qué?, de pasar al entrevistado dos. ¿Y acaso me dijiste?… El invento, el oído no funcionaba. Igual siempre nos salvaba su profesionalismo y el conocimiento del tema.
Ernesto realmente sabía sobre Derechos Humanos, sobre las masacres, las luchas, los asesinatos cometidos en nuestro país. Tenía el conocimiento para hablar con  propiedad de cualquiera de ellos. En especial de los sucesos ocurridos en la costa. 
El documental sobre la Masacre de Nueva Venecia le impactó tanto, que unos años después me pidió escribir una crónica que publicó en El Heraldo. También por ese documental me enteré del cáncer. Ernesto me escribió diciendo, como sabrás ahora soy yo el que está dando la lucha contra el cáncer, pero con fe en Dios y siguiendo las instrucciones de los médicos, salimos adelante. Será que me puedes enviar el programa de Nueva Venecia para subirlo en mi página de YouTube?
Se equivocaba yo no sabía, no tenía idea de un nuevo cáncer. Hablé con él, no le pregunté qué, cuándo, dónde, porque soy poco preguntona, pero lo sentí optimista, tanto como estaba yo cuando le conté que enfrentaba el cáncer.
Ese día un numeroso grupo de cineastas, finalistas a los premios del Fondo de Desarrollo Cinematográfico, llenaban la recepción de un hotel a la espera de su turno para el pitch o encuentro con los jurados que habrían de escoger los ganadores. Las largas piernas de Ernesto se podían ver fácilmente entre las figuras medianas y pequeñas de los casi ganadores que esperaban, muertos de nervios, el turno de enfrentar a los jurados. Acomodado en una silla Ernesto leía, con mucho juicio, apuntes sobre el trabajo que iba a sustentar. Hacia meses no nos veíamos. Apenas entré me acerqué a saludarlo caminando despacio, medio arrastrando los pies, porque los efectos de la quimio no me permitían doblar bien las rodillas sin sentir un dolor muscular tremendo.
De los colegas que estaban ahí nadie sabía de la enfermedad, creo. Yo iba con mi peluca bien arregladita y gafas oscuras. Como le confesé a Ernesto no fui capaz de ponerme las pestañas postizas que hacían parte del kit para ocultar la calvicie. Traté de usarlas pero entré en pánico al pensar que en cualquier momento del pitch la pestaña se despegara, diera un brinco y ¡pum! le cayera al jurado en la cara, el tinto, qué se yo. Ernesto rió conmigo. A él sí podía contarle del cáncer porque sabía que siendo muy joven había retado uno. Estaba  segura que me entendería. Así fue.
Momo está enfermo, contó. Hoy le van a hacer una biopsia de un tumor. Aunque no hacía falta que me dijera lo angustiado que estaba con ello, lo hizo y agregó, aquí estoy negociando con Dios, le he pedido que no me dé el premio para hacer el documental con tal de que Momo no tenga cáncer. Ernesto, tú sabes que cáncer no significa muerte, tranquilo. Edipo, nuestro perro, tuvo cáncer en la nariz, le hicieron quimio y ahí está, perfecto. Le di el teléfono de Gonzalo, el veterinario de Edipo, por si las mosca,s y entré a mi pitch.
Iba con Helenita, mi asistente para esa época. Me sentía incapaz de entrar sola por el estado físico, pero tampoco quería presentarme a los jurados diciendo, que pena señores es que estoy en un tratamiento contra el cáncer y… ¡no, horror! El encuentro terminó y al salir, ocurrió lo impredecible, el “punto de giro”, se dice en los guiones. Aquello que, sin previo aviso, rompe con la línea de la historia. Helenita y yo bajábamos por la amplia escalera del hotel que conduce a la calle y al mismo tiempo subía una mujer que apenas nos vio volteó la cabeza hacia la pared. El gesto me obligó a detallarla porque, como suele ocurrirnos a los escritores en fracción de segundos pensé “¿qué pasó?, esa reacción no tiene lógica, ¿por qué lo hace?, ¿de qué se esconde?” Efectivamente se trataba de una acción con la cual la mujer quería evitar hacer contacto con mis ojos. Si no hubiera mirado hacia la pared, seguro yo no habría sabido de quién se trataba, pero al hacerlo…
Hola, le dije, ¿sabe quién soy yo, cierto? —claro que lo sabía—, la mamá de Carito, la exesposa de Jaime, precisé. Ella me miró con su máscara de pánico.
Claro que sabía quién era, nos vimos en la clínica cuando Jaime estaba enfermo, en la casa de Jaime y, por el oficio de cineastas, en muchas otras partes. Justamente por eso trató de ocultarse mirando a la pared. El pecado es cobarde, diría mi mamá.
No sé si musitó un hola o algo parecido el caso es que por un impulso que aún no logro descifrar, sin darme tiempo de pensar le dije, ¿usted por qué no le avisó a mi hija que su papá había muerto? Silencio. Ni una palabra respondió y yo, como poseída por la voz de la justicia fraterna volví a preguntar ¿usted por qué no le avisó a mi hija que su papá había muerto? Jaime murió a las 3 de la mañana y mi hija, su única hija lo supo a las 10 de la noche luego de que Gerardo llamara a la casa a decirme, ve, Alexita, es que andan diciendo que Jaime murió, pero yo no creo porque vos sabrías.
Claro que sabría. En el instante que ocurriera sabría, por lo menos Carito, su hija debía enterarse de inmediato. Es lo humanamente lógico. Bueno, eso se espera cuando hablamos de humanos. Pero no sucedió así. Nadie le avisó.
La mujer que tenía al frente me miraba con máscara de pánico mientras yo, como disco rayado repetía, ¿usted por qué no le aviso a mi hija que su papá había muerto? El tono de voz subía, pero la pregunta seguía intacta. Poco a poco el bullicio de la  recepción del hotel dio paso al silencio para que solo se oyera un lento y bien modulado ¿Usted por qué no le aviso a mi hija que su papá se había muerto? Los cineastas que ya lo sabían y los que no, miraban hacia las escaleras, a la espera del desenlace. Ernesto desde su silla también miraba sin entender.
¿Usted sabe que es un derecho humano saber de la muerte de los padres? ¿Por qué no le aviso a mi hija que su papá había muerto? De pronto el silencio era total. La mujer me miraba desde un par de escaleras abajo, Helenita, a mi lado, reprimía su angustia, temerosa por mi estado de salud y yo, repetía la pregunta sin subir el tono, pero vocalizando muy lentamente cada palabra. Usted, hija, papá, muerto, derechos. Cuatro, cinco, diez, minutos duró el encuentro, hasta que ella pidió el número celular de Carolina y Helena, temblorosa se lo dio. Luego ella siguió su camino y nosotras nos devolvimos al centro de la recepción, porque sólo entonces recordamos que el carro estaba en el sótano del hotel y la salida era por el interior del hotel. 
Ale, ven acá, me dijo Ernesto cuando pasé por su lado, qué clase de escándalo era el que estabas armando allá, ¡que feo! ¿No entendiste?, respondí. Ella era la esposa del papá de mi hija  cuando él murió y no le avisó a Carito que Jaime había muerto. Supimos después de casi 20 horas, mientras los amigos y demás ya sabían.
¿Qué, qué? Exclamó Ernesto, y tú sólo le preguntaste por qué no le avisó a tu hija que su papá se había muerto, ¡qué va!, ¡a cachetá limpia tenías que haberla cogido! Te imaginas si le doy una cachetada y ella es valiente y, como buena mujer, me mechonea. Apenas me agarre el pelo se queda con la peluca en la mano. Eso sí habría sido un susto tremendo. Ella habría pensado que yo me estaba deshaciendo, comenzando por el pelo que tenía en la mano. Ja, ja… pura imaginación de guionista, dijo Ernesto riendo, me abrazó y se fue a cumplir la cita con el jurado. Antes de ingresar al salón que le correspondía, dio media vuelta y recalcó, pero la cachetá sí se la merece!
Ernesto desapareció y yo, irónica, le dije a Helenita, de pronto si me hizo falta darle una cachetada. Ay, Alexa, no digas eso, yo estaba muy preocupada. Lo sé, lo sé, pero te imaginas el espectáculo de la peluca en la mano, un día voy a escribir una película con esa historia Ambas reímos y salimos del hotel.
Al día siguiente premiaron a Ernesto y, según me dijo, Diosito se portó de maravilla conmigo, ganamos y ¡Momo no tiene cáncer!

Te merecías esa buena suerte mi querido Ernesto. Un largo y cálido abrazo donde quiera que te encuentres, feliz, con Momo a tu lado.





Ana Milena, abrazos, abrazos para ti, las niñas y la mamá de Ernesto.